La sed de poder de la primera dama de Zimbabue, Grace
Mugabe, enfureció lo suficiente al Ejército como para actuar en contra de su
marido, Robert, el ‘eterno’ presidente de la nación surafricana, quien, a punto
de caer, ve alejarse su promesa de gobernar el país hasta los cien años
Grace Mugabe, de 52 años y nacida
en Sudáfrica de padres zimbabuenses, es una pieza clave en la crisis que
mantiene al borde del abismo casi cuatro décadas de mando de su marido en
Zimbabue y que hoy parece haber recibido un golpe de gracia con la expulsión de
su partido, la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF,
por sus siglas en inglés), de la que el presidente tampoco es ya número uno.
Apodada “Gucci Grace” por su
conocida afición a comprar en tiendas de lujo, hoy agota sus últimos días como
primera dama retenida en su residencia por los militares, aunque hace treinta
años no era más que una mecanógrafa veinteañera en la oficina del presidente,
41 años mayor que ella.
Cuando su primera esposa, Sally,
todavía agonizaba por una larga enfermedad renal, la entonces conocida como
Grace Marufu y el presidente comenzaron una relación que desembocó en una
extravagante boda en 1996, cuatro años después de que Mugabe enviudase.
En sus primeros años como esposa
de Mugabe, se dedicó a recorrer tiendas de capitales occidentales mientras él
acudía a cumbres y visitas oficiales.
Sin embargo, cuando Mugabe -cuya
popularidad decreció por apoyar a Laurent Kabila en la guerra del Congo- dio un
golpe de efecto y expropió las tierras de los granjeros blancos para
redistribuirlas entre la población negra, la primera dama se hizo con varias
hectáreas en el fértil distrito de Mazowe, al norte de la capital, Harare.
La granja lechera que dirigía no
era suficiente para satisfacer a Grace y poco a poco comenzó a escalar puestos
en la ZANU-PF, hasta conseguir ser elegida en 2014 como líder de su poderosa
sección femenina.
Su primer logro fue la
destitución de la vicepresidenta del Gobierno, Joice Mujuru, una destacada
figura de la guerra de liberación, a quien veía como una amenaza para su marido
-fue acusada de “conspirar” contra él- y un obstáculo para sus propias
aspiraciones de sucederle en el poder.
Pero la vicepresidencia, que
Grace veía como preludio a su ascenso definitivo a la jefatura de Estado, fue a
parar a un experimentado miembro del Gobierno, el veterano de guerra Emmerson
Mnangagwa, figura clave en las matanzas de más de 20.000 miembros de la etnia
Ndebele en los años 80.
Envalentonados por el éxito que
tuvieron deshaciéndose de Mujuru, la primera dama y sus aliados en el partido
-conocidos como la facción G40- subestimaron la influencia del nuevo
vicepresidente y los fuertes lazos que había desarrollado con el Ejército
durante su etapa al frente del Ministerio de Defensa.
Grace, desprovista del carisma y
el apoyo popular de su marido, ignoró su falta de influencia sobre las Fuerzas
Armadas.
La campaña contra Mnangagwa marcó
un punto de inflexión cuando el vicepresidente fue hospitalizado de urgencia,
con síntomas de haber sido envenenado -según sus seguidores, tras tomar un
helado proveniente de la granja de Grace-, tras un mitin de la primera dama.
Las acusaciones la enfurecieron y
usó su influencia sobre el envejecido mandatario para que destituyese al
vicepresidente.
Todo parecía encaminado para
Grace, quien en ese mismo mitin pidió a su marido que “no tuviese miedo” y la
dejase “sustituirle en su puesto”. Mnangagwa fue cesado al día siguiente.
Solo pasó una semana hasta que el
Ejército se alzó contra el Gobierno debido a las purgas, poniendo bajo arresto
domiciliario a los Mugabe y deteniendo a los ministros afines a la primera
dama.
Desde entonces, desde los
veteranos de guerra hasta los propios miembros de su partido reprobaron
públicamente a Grace Mugabe y pidieron su expulsión de la ZANU-PF, acabando con
su sueño de heredar la presidencia a la muerte de su marido.
Los ciudadanos también la
rechazaron y, en las multitudinarias manifestaciones de ayer, se veían carteles
con su cara tachada y el lema: “El liderazgo no es de transmisión sexual”.
Este domingo, la ZANU-PF consumó
su expulsión del partido y cercenó la carrera de Grace Mugabe hacia el poder en
Zimbabue.
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